He vuelto a nacer

“Los libros me salvaron de la desesperación: eso me persuadió de que la cultura es el más alto de los valores.”
Simone de Beauvoir.

El pensamiento reflexivo como la poesía atraen el imán de la aventura más sutil, un enlace compuesto de fuego y pétalo, de amaneceres, de noches y de silencio.

¿Cuál será la gramática similar a las cosas, las palabras más explícitas y sutiles, para elaborar el cuerpo, la forma, el símbolo que recrea lo eterno, aquello que aún no se descubre? 

Entonces los días son unánimes, lo diferencian las estaciones con su lluvia o su nieve o su verano el otoño y la primavera, pero son iguales al amanecer más brumoso o más soleado.

Nosotros, como las estaciones, también lo somos, de alguna manera la vida nos incita al sueño, al vapor que exhala el deseo más próximo de volar, de seguir en pie aunque cueste y aunque duela. 

Escribir es historia compuesta por sus sucesos, como los pasos que la arena sepulta en su manto o la arena húmeda de la playa o la noche y su vestido, no obstante, ¿qué nos diferencia del uno y del otro ser humano? 

Bregamos sobre la misma monotonía, sobre la misma amplitud del amor, del desamor, de aquellas cosas que se atesoran en el alma.

Todo quedará escrito en nuestra memoria parental, primigenia e imborrable, y será el recuerdo el puente hilado de oro y rosa lo que nos una en aquello que llamamos eternidad.

Lejos del mal que impone la codicia, más lejano que los siglos o la asolada queja que aqueja a la memoria colectiva, escribir es un acto heroico que lleno de matices se pasea por la vida. 

Un día sin escribir es un día sombrío, escaso de agua y de aire limpio. El alma se va retozando en su lozanía y se renueva vivificante en la estructura gramatical del lirio llamado amor, sueño, nostalgia. Entonces si algo nos vincula que sea la escritura.

Un destello de ensoñación sería inconcebible porque la creatividad desvanece todo temor. Entonces camino por los cúmulos de dichas forjadas en mi corazón y ubico en una fuente llena de rosas su preciado perfume natural al escribir. 

Se transcribe el bálsamo fervoroso desde el recodo más íntimo hasta que exhalan gotas de rocío del pensamiento hacia la luz y algo viaja del instinto que se llena de cierto gozo.

Escribir es rebosar de adentro para soltar las vivencias, es dejar en el papel esos coloquios fraternos del abrazo, esos pesares pesados del desasosiego, pero en cada recuerdo de ese aire liviano que nos recorre habrá siempre algo de vida y de eternidad.

Desde el hipermodernismo donde nos encontramos hasta las huellas del pasado, desde el espectro de luz que se apaga al finalizar el día hasta la más distante estrella llevo en mis hombros los mas blondos pensamientos. 

Así, inerme ante lo fantástico, inhóspito será el futuro, y algo de inquietud en mi espíritu dirá, hoy, aquí, y ahora, he vuelto a nacer.

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