El tren verde

(Anécdota)

La adrenalina aumentaba mientras el reloj de la estación de tren de Badajoz, España, marcaba las tres de la tarde. Mi hijo y yo esperábamos ansiosos la salida del tren con destino a Lisboa.

Por fin llegó el momento de abordar aquel viejo tren de color verde. Apenas dos pasajeros más subieron con nosotros. El vagón parecía demasiado grande para tan pocos viajeros.

Minutos después, el tren comenzó a avanzar con su inconfundible traqueteo, internándose en un paisaje interminable de campos y bosques. A ambos lados de la vía desfilaban pinos, naranjales y una vegetación que parecía no tener fin.

Durante buena parte del recorrido no vimos ningún pueblo. Solo cuando llegamos a la primera estación subieron algunos pasajeros, y aquella pequeña presencia humana nos devolvió un poco de tranquilidad.

Cada estación parecía detenida en el tiempo. Los andenes estaban casi vacíos y los pueblos que alcanzábamos a ver desde la ventanilla transmitían un silencio extraño, como si el tiempo hubiera decidido pasar de largo por ellos.

Durante cerca de cuatro horas el viejo tren verde siguió abriéndose paso entre extensiones de vegetación, con el mismo ritmo pausado y el mismo sonido metálico que terminaba por convertirse en parte del paisaje.

Finalmente llegamos a la estación de Entroncamento. Al bajar nos miramos sin decir una palabra. La estación, antigua y poco iluminada, aumentó la sensación de incertidumbre. Ya estábamos en Portugal y el idioma era una barrera más.

¿Cómo averiguar cuál era el siguiente paso para llegar a Lisboa?

Con gestos, sonrisas y mucha paciencia conseguimos entender cuál era el andén correcto. Entonces apareció un tren completamente distinto al que nos había llevado hasta allí: moderno, aerodinámico, silencioso y veloz. Parecía pertenecer a otra época.

El temor aún no desaparecía, pero una hora después llegábamos a la estación de Santa Apolónia, en Lisboa.

Con la llegada, el miedo fue cediendo su lugar al asombro. La estación de Santa Apolónia nos recibió con la elegancia de su arquitectura y la belleza de sus tradicionales azulejos, un detalle que más tarde descubriríamos en muchas otras estaciones de Portugal. A partir de ese momento dejamos atrás la incertidumbre y comenzamos, por fin, a disfrutar plenamente de nuestro viaje en tren.

Vielka Argelis Gutiérrez Domínguez

Vielka Argelis Gutiérrez D.

— Autor —

1 Comentario

  • Sonia Ehlers

    Al leer el relato me subí al tren verde. Recorrí los paisajes y me contagiaron la incertidumbre. No cabe duda que ver a otras personas nos dan una sensación de seguridad y compañía ante lo desconocido.
    7

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