El día de la despedida

Ocurrió en una ciudad que según la leyenda nació a la Sombra del higuerón. Una noche, entre poetas, copas y vinos; la pluma del poeta chileno Mariano Acuña, irrumpió en la velada con la fuerza de la palabra “muerte”. Sin dar tiempo a pensar, con sus palabras la velada dio un giro y provocó un aluvión de emociones. Lo escuché enumerar sus razones y advertir a la muerte que, de las cuatro estaciones, ninguna era propicia para visitarlo. El mensaje fue directo. Terminado el encuentro nos retiramos cada quien a su hotel.

Yo compartía habitación con Hanna. El clima era agradable. Veinticuatro grados. Ni frio ni calor. Agradable. Pero dormir fuera de casa es dormir en duermevela.  De pronto, fue como si el reloj hubiese apretado el gatillo, boom. Mi nombre, escuché vívidamente mi nombre. Salté de la cama sacada del sueño por una urgencia. Busqué las pantuflas con el tacto del pie. Caminé hacia el interruptor tratando de no hacer ruido.

—¿Qué pasa?, preguntó Hanna aturdida por el estallido de luz.

Respondí con las llaves en la mano, es Vera, viene a despedirse —fue la primera persona en quien pensé—.  Quité el seguro. Abrí. Ni siquiera un rastro de perfume que me permitiera identificar a quien llamó.

La duda entró de un zarpazo a la habitación.  La mirada perpleja de Hanna, sus parpados pesados abrieron un vórtice. Con la puerta aún abierta, sintiéndome estremecer, le dije a Hanna: sabes, no fue Vera. 

—¿No? ¿Quién fue?

—No sé, murmuré, ella no se estaba quedando en este hotel.

—Es cierto, alguien se equivocó. No pienses más en eso.

Vera se había despedido la noche anterior pues viajaría de regreso a casa en la madrugada. Quise llamarla. Decidí no hacerlo. ¿Alguna vez escuchó que, al morir, antes de abandonar el cuerpo, las almas se despiden con hechos paranormales? Le pregunté a Hanna.

—¿Por qué esperar ese jodido momento para despedirse? Respondió.

Una sensación de vulnerabilidad se apoderó de mí.  Había ocurrido lo mismo que aquella tarde calurosa, cuando de la nada, una brisa fresca y mi nombre flotando en el aire entraron por la ventana. Al preguntar, nadie me había llamado. Ese mismo día, sin razón aparente, las persianas temblaron. Escuchamos el tintineo de los cristales.

El terremoto lo sentí al día siguiente, cuando recibí la noticia. Un amigo falleció. Quizás se despidió. Quizás no. Empecé a preguntarme si ahora alguien estaría en peligro. Por si las dudas imploré protección divina.

Quién me llamó, resultó irrelevante. Lo que me parecía perturbador era la incertidumbre frente a la certeza de haber escuchado mi nombre.  Busqué a Mariano para contarle mi anécdota. Desayunamos con Hanna.  Mariano, con su acento chileno, sonriendo y casi cantando, exclamó:

—¡Qué lógica puede asegurar semejante conexión!

—¿y si fuera verdad?, le insistí

—¿por qué me despediría? Yo me quedo, me quedo vibrando en un eco infinito.

Entonces Hanna intervino, hijitos, por irreverente que parezca la muerte, no le teman. El día de la despedida ella nos mostrará que más allá del tiempo se quiebra la nube dónde nacen todos los silencios. Después del crujido, aparecerá un destello de luz. El sufrimiento acabará y verás una estrella colgando en tu pecho; y más aún tú flor favorita perfumará los senderos por donde caminarás y no querrás volver.

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Minerva Caballero

— Autor —

1 Comentario

  • Minerva Caballero

    En éste eterno caminar hacia el futuro el anuncio de ciertas certezas nos son reveladas como pistas dejadas en el camino para no perder el rumbo. Gracias Mariano por revelarnos en un poema el secreto de la longevidad, por sobre todas las cosas, perseverancia. Gracias Vielka por el espacio, espero que disfruten el cuento.

    Minerva Caballero

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