El reloj decía que faltaban quince minutos para las seis de la mañana y aunque Carlota llamaba insistentemente a su hijo Tomi, para que se despertara, este parecía dormir profundamente.
Ella sabía que no asistiría a la escuela de buen agrado. Estaba acostumbrada a esa batalla matinal de llamarlo y hasta zarandearlo un poco para que se levantase de la cama y llegase justo a tiempo antes de que cerrasen la puerta de su escuela.
La queja de sus maestros era siempre la misma ¿por qué llegaba tarde si vivía tan cerca?
Pero aquella mañana del veinte de marzo, logró finalmente despertarlo, Tomi, tan pronto abrió los ojos, le dijo: mamá creo que tengo artritis en mi trasero.
Carlota rio ante aquel autodiagnóstico médico matinal de su hijo de ocho años, por lo que le preguntó asombrada:
—¿Cómo puedes decir que tienes artritis?
Él, con la certeza de que lo expresado era correcto le dijo:
—¡Sí mamá, tengo artritis, porque hoy me duelen mucho mi trasero y mis piernas!
Ante lo expuesto por Tomi, ella le dijo:
—Los niños pequeños no suelen sufrir de artritis.
Se preguntaba si aquello no sería una excusa para seguir durmiendo, pero recordó que la tarde anterior Tomi participó por vez primera en una cabalgata, en la que recorrió varios kilómetros de la ciudad.
Aunque su caballo fuese pequeño, el trotar del animal había dejado sus huellas en el cuerpo infantil, que no estaba acostumbrado a esos menesteres.
El cansancio, lo derrotaba esa mañana, el sueño lo abrazaba y le parecía imposible que él dejase a un lado la cama y se encaminase a la rutina mañanera de bañarse, vestirse y desayunar, antes de que el transporte escolar fuese por él; lo más probable era que Carlota tuviese que llevarlo, si no lograba levantarlo a tiempo.
Al fin lo consiguió y se dijo:
—Hoy no faltará a clases.
Ya tranquila, se encaminó a prepararse para cumplir con sus propias tareas en casa antes de salir para el trabajo. Hacía algunos años que había aceptado el reto de manejar las fincas de sus padres, algo que jamás pensó realizar, ya que su formación profesional distaba mucho de aquello que ahora desempeña. Acabó, sin embargo, amando y comprobando que esa nueva faceta le fascinaba, y a su hijo también.
Tomi ya demostraba, en sus escasos años de vida, que aquellas faenas donde acompañaba a los trabajadores de las fincas ganaderas, como enlazar terneros, montar a caballo, arrear las vacas, entre otras labores, era emocionante, aunque en ocasiones era el duro suelo quien lo recibía.
Aquella mañana Carlota pensó que su hijo había vencido al sueño y que la supuesta artritis era asunto olvidado en la mente de su niño.
Más tarde, para gran asombro suyo, la maestra consejera la llamó para comunicarle que Tomi, tan pronto se había sentado en su silla, se había quedado dormido profundamente, y que en vano trató de despertarlo.
Acudió en busca de su pequeño vaquero, que dormía a pesar de los ruidos que hacían sus compañeros de escuela y ella se dijo:
—Cuando despierte, la artritis en su trasero habrá desaparecido.
Y mañana será otro día.



